
Texto: J.M.León Moriche
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) celebra cada 21 de marzo el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial desde que esta misma institución lo proclamara en 1979. La ONU instauró este día en recuerdo de las víctimas de la masacre de Sharpeville, ciudad de Sudáfrica donde en 1960 la policía disparó y mató a 69 personas, entre ellas mujeres y niños, que se manifestaban contra el régimen de segregación racial que regía en el país por imposición de la minoría blanca. Aquella violencia criminal desapareció gracias a la lucha del pueblo sudafricano y a la ayuda internacional, que derribaron el sistema del apartheid. El racismo y el odio al diferente, sin embargo, siguieron existiendo en otras muchas partes del mundo. A veces sólo como discursos de determinados grupos sociales, pero también como realidades en forma de guerras y crímenes contra la humanidad.
El auge actual de los discursos racistas y supremacistas ha pasado hoy de ser opinión amenazante divulgada por los partidos y organizaciones de ultraderecha a prácticas cotidianas desarrolladas por algunos gobiernos del mundo, como el de Estados Unidos e Israel, que cometen genocidio contra el pueblo Palestino y que están bombardeando indiscriminadamente ciudades y pueblos de Irán, Líbano o Siria. El Gobierno de Estados Unidos, además, promueve el encarcelamiento y la deportación e, incluso, defiende y justifica el asesinato de personas migrantes en su propio país. Quienes apoyan de palabra estas políticas racistas o guerras genocidas están preparando la justificación de los crímenes del presente y del futuro. Ése es el peligro del racismo, la xenofobia, el odio y todas las formas de intolerancia que aún impregnan las opiniones de tantas personas. Sin embargo, las manifestaciones contra el genocidio en Palestina o la guerra de Irán desarrolladas en todo el mundo y las protestas ciudadanas en Estados Unidos contra las políticas racistas de su gobierno y su policía son un ejemplo de que somos muchas más las personas de todo el mundo que queremos un mundo mejor, sin racismo, sin odio y sin guerras.
Márgenes y Vínculos lleva más de 30 años trabajando en favor de las personas más vulnerables de la sociedad y más de 20 de labor en favor de la cooperación, la educación para el desarrollo, la diversidad cultural y la convivencia intercultural. Migrantes en igualdad es el nombre de un proyecto que desarrollamos en el Campo de Gibraltar desde hace años para acompañar y atender a personas víctimas o posibles víctimas de delitos de odio. Nuestro día a día nos permite constatar que la discriminación racial no es un hecho aislado ni residual, desgraciadamente, en nuestra sociedad. Muchas personas sufren hoy en este país agresiones físicas y verbales, chocan con barreras invisibles para acceder a sus derechos y todas y todos oímos o leemos opiniones que deshumanizan a otras personas y justifican prácticas que perpetúan desigualdades estructurales. La profusión de bulos, mentiras y manipulaciones en las redes sociales y en algunos medios de comunicación son un caldo de cultivo para este tipo de delitos que es necesario confrontar y detener.
Puentes hacia a inclusión es un proyecto de la fundación que da cabida a esta newsletter. Es un proyecto dedicado a la orientación, el asesoramiento y la preparación de personas para mejorar su formación y capacitación profesional en su trabajo de atención a personas migrantes en el Campo de Gibraltar, Ceuta y Canarias. Está dirigido a las y los agentes de las fuerzas de seguridad del estado, a quienes trabajan en la asistencia sanitaria, a las profesoras y profesores de colegios e institutos, al personal del sistema judicial, desde abogadas y abogados a los distintos operadores judiciales, y a las mujeres y hombres que hacen trabajo social en sus distintas facetas. Nuestro mensaje para todas estas personas que forman estos grupos profesionales es muy sencillo: El respeto a los derechos humanos y a la dignidad de las personas deben presidir su trabajo. Y eso conlleva estar vigilantes con nuestra manera de trabajar, reflexionar sobre nuestra labor y estar dispuestos a revisar rutinas y procedimientos para no caer en prácticas que impidan la vocación inherente al servicio público en que trabajamos, o que no respeten los derechos humanos de las personas a las que atendemos.
La humanidad vive hoy momentos muy difíciles y peligrosos y no debemos colaborar en su agravamiento. Cada acto de racismo vulnera la dignidad humana y propaga el virus que justifica el genocidio y la matanza indiscriminada de personas. Quien agrede o mata a alguien con la justificación de que es inferior o infrahumano, quien quita valor a la vida de un solo ser humano porque no lo considera como tal, mañana podrá matar a todos a los que previamente haya despojado en su pensamiento de su esencia humana. Justo lo que primero dijo y luego hizo el Estado alemán envenenado por la ideología nazi cuando exterminó a millones de personas.
Igual que detener las guerras es una necesidad para la supervivencia de la humanidad, y una obligación moral, también lo es eliminar de nuestras sociedades el racismo y la xenofobia, como ideas nocivas y prácticas criminales, en sus vertientes menos visible, pero igual de dañinas. Por eso debemos ayudar cada día a quienes sufren marginación, exclusión o delitos de odio por su origen, su cultura, su condición económica, social, o sexual. Los delitos de odio no solo afectan a quienes los sufren directamente, también erosionan la convivencia, fracturan comunidades y debilitan la democracia. Es por esto imprescindible sacarlos a la luz, denunciarlos y proteger a las personas que los han sufrido, acompañarlas y ayudarlas a recuperarse del delito y sus secuelas. Combatir el racismo es ampliar la democracia y colaborar en la construcción una sociedad verdaderamente humana, más justa y feliz.
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